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Santuario Ibérico de la Cueva de la Lobera

Está situado a un kilómetro y medio de Castellar, sobre una cornisa rocosa en lo que se conoce como los Altos del Sotillo, y es un asentamiento emblemático de la arqueología ibérica; se encuentra así mismo sobre una importante vía de comunicación de la antigüedad: la Vía Heraclea. A sus pies trascurre la carretera conocida como de El Condado que intercomunica varias localidades de esta comarca de la provincia de Jaén.

Está construido sobre una cornisa rocosa, aprovechando 3 cuevas naturales, con hornacinas entre ellas, la mayor, llamada la Caverna del Ídolo, que mide 32 metros cuadrados de superficie. Dentro de este santuario, cabe destacar el núcleo central constituido por la conocida Cueva de la Lobera, así como una serie de cuevas más anexas hasta un total de cinco y que podrían tratarse de viviendas. La Cueva de la Lobera es un abrigo no muy profundo que se hallaba próximo al menos a dos manantiales de agua, la Fuente del Caño y la del Cotillo.

Hoy sabemos, por los trabajos que en los años ochenta desarrollaron allí las universidades de Poitiers y de Jaén, que el acceso a la cueva se hizo por una rampa protegida en el lateral abierto a la ladera por grandes piedras clavadas en el suelo verticalmente. Fue seguramente al alcanzar la parte superior, la cueva, cuando los oferentes echaban los exvotos a ella, sin embargo, el gran número de trabajos y continuados expolios que se han desarrollado delante de ésta hacen imposible decir cómo era en aquel momento. La mayor de las cuevas se llama Caverna del Ídolo, con una explanada artificial delante, de unos 170 metros cuadrados, donde se reunían los fieles adoradores de las divinidades íberas, como la Luna o la diosa de la Fertilidad. A su entrada se encuentra una especie de mesa de piedra.

El santuario también se estructuraría en varias terrazas. La primera de ellas fue destrozada por las excavaciones clandestinas, en cambio, la segunda ha permitido establecer, con claridad, una ocupación comprendida entre los siglos IV – III AC. Un grupo de pequeñas cuevas conforma, al fondo de la primera terraza, la zona más importante del santuario, cuya jerarquización se establecería mediante las citadas terrazas comunicadas entre sí por un sistema de rampas y escaleras monumentales.

Delante de la cueva, en la ladera que se abre hacia el norte, se sabe que existían casas aisladas de planta rectangular y de una o dos habitaciones construidas con zócalo de piedra y pared de adobe o tapial. Delante de cada una de estas casas existía una terraza, construida artificialmente y por uno de sus laterales se accedía a los caminos que ascendían hacia la cueva. La existencia de varias de estas casas hace pensar que el santuario tuvo un carácter muy superior al ámbito local y que seguramente en determinadas épocas del año concentraba en el lugar gentes procedentes de varios oppida ibéricos.

Se trata de un santuario étnico de los oretanos que concentraba allí poblaciones de uno y otro lado de Sierra Morena bajo el control político de un centro como Cástulo. Es conocido que precisamente en esos años finales del siglo IV antes de Cristo, los oretanos que luego se rebelaron contra los cartagineses, estaban construyendo un estado de gran tamaño. Después de las guerras púnicas y guerras lusitanas y al ser tomado el territorio por Roma, el Santuario perdió su pujanza. Entonces, la disposición y los servicios cambió el sitio de ocupación y los edificios se dispusieron sobre la cueva, en el escarpe que se levanta hacia el sur. La pérdida de importancia en la época romana no supuso su abandono

Excavado por primera vez a principios del siglo XX, proporcionó una gran cantidad de exvotos de bronce vinculados a un santuario que debió tener una importancia considerable a partir del siglo IV a.C. Es considerado como uno de los sitios en los que se ha documentado este poblamiento de la Edad del Bronce. Dio lugar con el paso del tiempo al santuario ibérico de la Cueva de la Lobera y de su entorno los Altos del Sotillo o Cotillo. En 1913 cita Sanjuán Moreno que él y Jiménez de Cisneros fueron encargados por la Real Academia de la Historia para que emitieran un informe, que defendió el marqués de Cerralvo, sobre la importancia real de lo que parecía ser un santuario ibérico a juzgar por los hallazgos procedentes de aquel sitio. En 1917 R. Lantier publicó el primer estudio del sitio a partir del análisis de sus exvotos.

Desde entonces hasta hoy los trabajos se han sucedido y puede afirmarse con seguridad que aquel núcleo de la Edad del Bronce que ocupó la cueva y las laderas del lugar después de ser abandonado fue reocupado a finales del siglo IV antes de Cristo como un centro de culto de los íberos oretanos.

En el Santuario Ibérico y en la explanada, al realizar en 1.887 (fecha de su descubrimiento) las obras de la carretera de Navas de San Juan a Sorihuela, aparecieron (según unos autores más de dos mil y según otros más de seis mil) exvotos o estatuillas de bronce entre 5 y 20 cm, que representaban figuras femeninas y masculinas orantes y oferentes, algunos guerreros a pie (nunca a caballo, como en el de Despeñaperros) y animales (perros, peces, faisanes, jabalíes y caballos).

Poco y mal estudiado el yacimiento, debido a la negativa de los antiguos dueños, que estuvieron vendiendo durante años los exvotos en poblaciones cercanas a Castellar, no es objeto de excavaciones arqueológicas hasta 1917 por R. Lantier y J. Cabré, o sea unos treinta años después de su descubrimiento. Tienen que transcurrir otros cincuenta años para que en 1967 y en 1972 Nicolini realice la segunda y la tercera campaña arqueológica.

Los exvotos ibéricos de Castellar

 

Son figuras, unas veces toscas y otras finamente labradas, unas desnudas y otras con túnicas, y constituían las ofrendas a los dioses por parte de los fieles que se acercaban al santuario en señal de agradecimiento y adoración. Los exvotos de Castellar son muchos de bronce, de unas dimensiones que oscilan entre los 2 y 14 centímetros, con representaciones humanas masculinas y femeninas, así como distintas representaciones de partes del cuerpo humano como piernas, manos, etc. e incluso animales domésticos, destacando los caballos, carneros... Se han hallado figuras de un gran trabajo y elaboración con mucho detalle, tanto en el vestido como en los rasgos humanos destacando fundamentalmente lo que sería la cabeza. En la elaboración de estos bronces de más belleza plástica cabe destacar la técnica de la cera perdida donde una figura se trabajaba sobre la cera, que a su vez se recubría de tierra y se calentaba hasta que la cera se derretía y su puesto era ahora ocupado por el bronce que se introducía en este molde por un pequeño orificio, normalmente en la parte baja o lo que serían los pies. Una vez acabada la pieza, ésta se limaba para acabar con cualquier tipo de imperfección en la fundición y a su vez se pulían, y, en muchas ocasiones, dependiendo del trabajo sobre la propia figura de cera, los rasgos faciales o naturales de la figura se trabajaban directamente con un punzón o buril. También existen exvotos de arcilla o piedra. Se clasifican las femeninas en oferentes, en actitud de ofrenda, y en Damas o sacerdotisas, en posición de adorar a la divinidad, estas últimas con trabajadas túnicas y altas cofias. Estarían labradas por artesanos locales y vendidas al pie del Santuario. Actualmente se pueden ver en el Museo Ibérico de Castellar, Museo Monográfico de Cástulo, Museo Arqueológico de Úbeda, Museo Provincial de Jaén, Museo Arqueológico Nacional de Madrid, Museo Arqueológico de Barcelona, Real Academia de la Historia de Madrid, Museo del Louvre de París, entre otros museos, además de existir piezas en varias colecciones particulares.